domingo, 13 de septiembre de 2020

Alegría Para Un Llanto

 



Rastrillando sus finos dedos contra la áspera tapa de un viejo libro; aquel que contenía entre sus páginas las muchas memorias de la que, su ya desecha memoria, rehuía; abriendo la tapa con una lentitud elegante, vislumbro entre las desgastadas fotografías, la hermosa silueta del que, en algún momento, fue su más preciada compañía: Toby, un tierno bebé de cuatro patas, hocico puntiagudo que terminaba en una pequeña bolita olfativa, pelaje ocre cual madera de un frondoso árbol en primavera y su más característica cualidad: una pequeño triangulo que terminaba en la punta de su cola; tal cual lo recordaba.

Era una verdadera lástima la forma en que la dejó: dolida y acongojada, como si un amante apasionado dejara repentinamente a la que sería su futura esposa y compañera en el gran marco de la vida. Aún era vivido ese momento en que sintió que algo malo pasaría con su canino amigo, como si un instinto le atravesara y le abriera los ojos a la realidad.

Ante ellos y separados por la reja de metal fuera la sencilla construcción, en la finca de uno de sus familiares dentro del municipio colombiano del departamento de Nariño, se encontraba uno de los tantos transeúntes, soldados y policías que atravesaban por enfrente de su vivienda

Bajo la abrazadora caricia del sol de verano sobre sus personas, el brillo del aprecio en sus ojos podía derretir el más vasto casquete polar, llegando incluso a espantar a aquel que se atravesara en ese apasionado campo de visión. Oh si, allì estaba esa mala premonición, pues era Toby el que estaba en la mira.

Pidiendo, casi suplicando, por la compañía de ese hermoso perro, el soldado fue capaz de ofrecerle la suma de 1 millón de pesos. 《 hasta el día de hoy, me pregunto si lo decía de verdad》…Si, gracias por ese aporte narrativo… Con el persistente ánimo del soldado a la grácil mujer, solo le quedaba dar negativas. Una detrás de otra hasta la rendición del insistente hombrecillo, que, finalmente con la convicción apagada, se marchó del lugar.

Los problemas llegaron después, cuando el enorme cachorro, enfermó. Guiada por la creencia pueblerina de su propio alrededor, le atribuyo su enfermedad al “mal de ojo” u “ojear” 1 por el intenso deseo de tener su compañía para él. Analizando a profundidad su actuar, se podría catalogar como una obsesión que nublaba su razonamiento; ofreciendo tanto por un indefenso animal que ya pertenecía a un estable núcleo familiar.

Enfermó, casi en un estado convaleciente, producto del “mal de ojo” que se habría confinado por la parte de más experiencia en el campo de la superstición. Sus abuelos.

Con los tan llamativos remedios caseros: frascos, velas, oraciones en variados idiomas entre los que destacaba el latín y aromas para afrontar las enfermedades, el proceso “secreto” de cómo fue curado el cachorrito, aún queda detrás de las puertas en una de las habitaciones de la vivienda en el Rosario.

¿Valía la pena aclarar que no fue la única circunstancia en la que este inusual ser humano, de culposa obsesión, irrumpía en sus vidas para dañarlos sin darse cuenta?

De regreso, después de la larga estadía en tan preciosa finca, rodeada de la naturaleza del concreto a su alrededor y las construcciones de verdes hojas en su propiedad, mezclando ambos conceptos de lo rural y lo urbano en un solo diseño expresado en hogar en un pequeño pueblo cualquiera. En ese pequeño paraíso cálido se quedó la madre de la mujer protagónica de este relato, junto con su co-estrella, Toby el perrito. Es aquí, cuando demostrando tales experiencias y sentimientos puros entre un dueño y su perro, destrozamos todo rastro de alegría y un “final feliz” para darle paso al odio que es sembrado por el “villano” en nuestros corazones. Toby, un tierno e inocente personaje en el juego de la vida, al que ya una vez sobrevivió el mal de ojo, fue nuevamente derrocado

por esta maligna enfermedad, al encontrarse de nuevo con los ojos del soldado que un día lo quiso para él y ahora ya no es de nadie.

El ruido estrepitoso del libro, de tapa desgastada por el tiempo, rompió el silencio en que se había sumergido la habitación; donde estática, se encontraba la mujer de un principio. La mirada melancólica brillaba en pro a las lágrimas que circulaban por sus mejillas. Asfixiada en su propia soledad que solo un juguetón can podría llenar. Alejarse… una y otra vez repetía esa palabra como un mantra, pues era mejor alejarse de la compañía. Si lo pensabas, al final sufrirás su perdida y lloraras en una cantidad mayor en un futuro a lo que sonreíste en el pasado. No más daño. Soledad era igual a felicidad sin llanto, perfecto para ella.

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